Velada Sabbath

    

  Los síntomas de la yerba habían llegado antes de la media noche. Nuestro plan consistía en encontrarnos en el departamento de Henry y decidir a donde iríamos durante algunas horas. Algún lugar para bailar viejas canciones de New Order; sin penetrantes miradas que juzguen si lo haces bien o mal, formando nudos en tus piernas y dejándote ver como un estúpido, o en el peor de los casos, como un pendejo. Otra opción. A la barata pulquería, la de casi siempre todos nuestros fines de semana. O por último. Terminar en la función de lucha libre, la mejor, la de los viernes. Después. Ya regresaríamos al departamento de Henry. Más cervezas, beberlas mientras yo intentaría hacer lo de siempre: aparecer como Dj Bohemio. Poniendo canciones que ya sé a nadie le iban a gustar y que me pedirían en instantáneos segundos de comenzar una canción, que la quitara, que esa música era para pinches jotos. Mientras alguno de ellos seguro estaría riéndose, tosiendo o soltando el humo que se acumulaba en su garganta; eran esos momentos cuando la pipa se atascaba de yerba y transcurría suavemente, en un círculo con especie rara de fraternidad psicodélica que sólo escuchaba a Black Sabbath.

  Mikey estaba de visita en la ciudad, sólo y durante dos esporádicos días. Él comenzaba a ensayar la manera en que algún día –no muy lejano– iba a provocar que lo echaran a patadas de su trabajo, que lo liquidaran de su único y pesado “pasatiempo” que tenía. Mikey en ese viaje, era lo único de lo que hablaba, creo que en verdad detestaba ese trabajo detrás de un escritorio atendiendo a gente limpiándose el culo con billetes que tienen la cara de Frida Kahlo o Miguel Hidalgo. Mikey tan sólo sentían las enormes ansias que llegara ese día, que lo despidieran y él saliera sonriendo desajustando el nudo de su corbata.

  Digo y lo vuelvo a repetir. Los síntomas de la yerba habían llegando antes de la media noche. Porque en el momento donde estábamos listos e intentamos salir hacia aquella discoteca de mujeres vampiro –que fue la elección– tan sólo para brindarle una noche inolvidable a Mikey. Contemplando hermosas mujeres en cada uno de los pasos de baile; como murciélagos recién nacidos y a punto de clavarnos sus fugaces colmillos; y nosotros, admirándonos de que todas ellas, eran transparentes y nos invitarían a danzar entre sus estrechas cinturas y sus piernas bien torneadas.

  Vociferaban relámpagos, eran descomunales, no me atrevo a decir que estremecían porque ya estábamos a minutos de abandonar lo que Mikey ya quería que fuera realidad. Y ese altar viejo que siempre llamó tanto la atención de las personas que entraban por primera vez al departamento de Henry; y del que sabíamos, era de una niña que murió allí adentro, en el pasado y en la historia deteriorada que se percibía. Quizás. Ella pudo haberse ahogado en la tina de baño; resbaló, nunca encontró la manera de sujetarse de los costados y nunca pudo gritar el nombre de uno de sus papas; o cualquier cosa que hiciera notar que agonizaba sin quererlo ni desear. O en la sala principal, donde bien, las ventanas estaban a tan baja altura que un vistazo pudo derivar en una experiencia de cualquier ave aprendiendo a abrir las alas para intentar volar por primera vez. O bajando por las escaleras, que a simple vista, se veían muy peligrosas cada vez que uno abría la puerta y bajaba entre la oscuridad y las extensiones del departamento vecino que acarreaban la electricidad al departamento de Henry.

  El altar se dejaba ver más tétrico y espeluznante que siempre. Cada vez que la luz del relámpago iluminaba la pintura en donde la niña intentaba sonreír, como al año de nacer, completamente inocente y feliz porque alguien la iba a dejar para siempre en un cuadro que adornaría su hogar. Sin saber que dicho cuadro perecería hasta las preguntas e historias inventadas de seres desconocidos que estaban a punto de ir a una discoteca de mujeres vampiro. La niña aparecía en el cuadro con un vestido elegante y un sombrero que la tornaba misteriosa, antes o después de su muerte inusitada y desconocida. Pero al parecer, una muerte muy sufrida y difícil de sobrellevar durante los siguientes años en familia. Porque unos juguetes sobresalían del cuadro y hacían sentir su cuerpo entre nosotros, jugando a cualquier cosa posible que la reviviera y le dictara una sombra.

  La oscuridad del cielo, al parecer, nos hacía pensar que habíamos estado jugando mal con ese cuadro. Comenzaba a dejar caer enormes bolas de granizo. Partículas de hielo que se convertirían en una tromba que nos atrapó en el departamento de Henry. Ahí estábamos nosotros: Mikey Cyphre en su última noche en la ciudad y más pensativo que nunca, todo por la presión de su trabajo. Henry Rollins resignado a ya no intentar salir de casa, buscando su hacha y comenzando a poner canciones de Black Sabbath. Mélanie Laurent con su embace de caguama entre algunos libros y una cámara fotográfica, todo muy bien acomodado en su bolso. Beto Colombia confesando que era una botarga infantil del canal Multimedios Televisión, y provocando que todos lo volteáramos a ver para que lo afirmara claramente. Erick Björk forjando un cigarrillo de yerba y rompiendo un corazón a la mitad, aquel cenicero que adornaba la mesita de estancia. Maddali Bollywood más callada que siempre y moviendo de un lado a otro sus enormes ojos de Shivá, tan importantes en el hinduismo. Y yo, Jack Violence; preguntándome porque tenía que llover a esas horas de la noche, la velada tendría que tomar un rumbo nuevo de improvisación mientras estuviéramos atrapados en el departamento de Henry.


  Mikey y yo, toda la mañana y tarde. No habíamos hecho absolutamente nada, más que mirar en el televisor resúmenes deportivos que nunca entendimos. Ni Mikey ni yo somos aficionados a los deportes. El televisor en la casa de mi madre dejaba ver entrevistas con jugadores de futbol americano y posibles pronósticos; ya que era la temporada de playoffs y todo el mundo se convierte en aficionado de ese deporte que estoy seguro, muchos ni entienden y tampoco conocen las reglas y a las estrellas. Al oscurecer pensamos que era tiempo de quitar nuestra atención de esos jugadores y de los analistas intentando predecir el partido y prometiendo espectáculo y finales cardiacos. Por algo como eso, nunca me ha gustado planear las cosas, nunca salen. Mikey y yo caminamos a la estación del metro más cercana, marcamos al celular de Henry diciendo que ya íbamos en camino. Mikey cada vez que viajábamos en metro, se volvía loco. No entendía el porqué en cada estación del metro tenían que vender cosas tan innecesarias. ¿Quién demonios compraría un corta uñas? ¿Quién se quitaría sus zapatos para comenzar a cortarse las uñas porque le molestan y no lo dejan caminar? Mikey me hacía reír mucho con todo eso; él siempre decía cosas así. Le dije estar seguro que esas historias si han pasado. Que todo podía pasar en el metro; y Mikey lo afirmó diciendo que el metro definitivamente es otro mundo.

  La tromba no tenía nada de amigable como para que quisiéramos haberla invitado a sentarse con nosotros. Nos arruinó la noche y nos hizo improvisar algo que tendría que ser inolvidable para Mikey.

  –¿Tienen amigas que sean mujeres vampiro? –preguntó Mikey, ilusionado por lo que habíamos dicho antes sobre esos seres. Las mujeres vampiro eran difíciles de encontrar, en realidad eran un enigma inexplorable. No cualquier noche salían a las calles y no con cualquiera aceptaban ir a tomar algunos tragos y hablar de la vida; y menos cuando el cielo se venía abajo como ocurrió esa noche. Tal vez, si abríamos las ventanas y hacíamos sonar canciones de las cuales ellas gustaban tanto bailar y cantar, de una manera sensual para nosotros. Algunas mujeres vampiro vendrían a posarse sobre las ventanas, observándonos detenidamente y quizás así decidían formar parte de esa velada improvisada.

  Las mujeres vampiro, sabíamos nunca llegarían. La tromba es tan temible que la canción predilecta para que mil mujeres vampiro vinieran y formaran un rompecabezas transparente y bello, nunca sería realidad y quedaría como una leyenda de esta ciudad para Mikey.

  Henry fue y entró a su cuarto. Del cual, regresó con ropa, pelucas y demás accesorios para convertir la noche en la Velada Sabbath. La ropa consistía en pantalones acampanados, chaquetas de piel, botas y crucifijos que tendrían que combinar perfectamente con las pelucas y bigotes que eran demasiado hippies y que sin duda alguna, El Señor de las Tinieblas aprobaría haciendo la señal del Rock’n Roll con sus manos. Henry intentaba salvar la noche. Mikey en cuanto publicó en su Twitter@Velada Sabbath. Sabíamos que esa tromba se convertiría en algo insignificante para nosotros. Cada quien eligió su vestimenta. Mélanie era como una Janis Joplin que había nadado desde el Río Seine –aunque creo que nadie recordaba fotografías de Janis Joplin a color, o que alguien entre nosotros fuera un digno fan de ella– pero Mélanie era rubia y Janis Joplin suponemos que también lo fue; digo, una era americana y la otra era francesa. Todos los demás parecíamos salidos del movimiento estudiantil de 1968 o de Avándaro. ¿Y Maddali? no sabíamos, porque ella seguía sin hablar y sólo movía sus ojos de un lado a otro.

  La Velada Sabbath pintaba demasiado bien. Henry había encontrado su hacha y se veía peligroso. Beto volvía a ser el centro de atención de todos nosotros, diciendo: “Sácalo y dale fuego tigre” y Erick encendía otro cigarrillo con yerba y con el corazón roto. Nadie podía negarse, era la última noche de Mikey y todos nos veíamos diferentes vislumbrando el mismo estado de diversión. El cigarrillo de yerba comenzó a recorrer entre nosotros. Yo me negué y se lo hice llegar a Henry, quien cantaba y nos amenazaba con su hacha al mismo tiempo. Ese cigarrillo de yerba se acabó, pero lo que no sabía es que esa botarga infantil que convivía con niños y niñas no podía dejar de fumar; y sacó tanta yerba de sus bolsillos, que pensé podría haber sido para soportar lo estresante que era aparecer en la televisión, y que horas después, fuera y ambientara fiestas en salones infantiles, sin recibir una comisión extra por ese trabajo fuera del canal. Mikey me amenazó, diciéndome que si yo fumaba él lo haría también. Lógico. Yo me negaría, nunca en mi vida había fumado, ni siquiera de un cigarrillo, siempre me provocó asco y no lo sabía hacer.

  Por lo que veía, fumar yerba tenía una técnica y una manera especial de hacerlo. Otro cigarrillo más se encendió y los flashes de las cámaras aparecieron entre la ceniza y los ojos de Maddali, que siguieron de un lado a otro pero que ahora llevaban el sonido de una risa virgen que no conocíamos de ella. Se volvió a terminar. Pensé que ya había sido demasiado, pero apareció la pipa atascada de yerba otra vez y Beto la atascó todavía aún más. Mikey estaba decidido, fumó de la pipa y enseguida me dijo que yo era el siguiente. No me pude negar; no era una promesa pero Mikey estaba en la ciudad y era su último día. Henry había inventado la Velada Sabbath. Beto era una botarga infantil adicta a la yerba. Maddali seguía sin hablar, pero se reía –ya era ventaja–. Erick formaba otro corazón de yerba para romperlo. Y Mélanie comenzó a hacer fricción en el encendedor para que yo intentara sostener el humo de la yerba en mi garganta, por escasos segundos.

  Después de unos minutos. Todo se fue haciendo más lento. Preferiría haber estado borracho; diciendo sandeces, bailando como Major Lance, yéndome a dormir sin ningún problema para despertar temprano y regresar a casa. Pero todo era en cámara lenta. Ya no supe si Henry hizo daño a alguien con su hacha. De Mikey creí escuchar decir que quería una foto con Mélanie, porque era la deInglorious Basterds; pero ella también comenzó reírse como Maddali, y las dos daban mucho miedo. Finalmente quise suponer que nadie podría alcanzarme, porque todo era tan lento que sentía ser el más rápido de la Velada Sabbath. Iba caminando, haciendo explotar burbujas con las plantas de mis pies para cortar la canción de War Pigs. Suspiré  mientras pensaba en una buena canción, puse el video musical y todo se nublaba más y más, hasta comenzar a decirle a una de sus protagonistas: “Chinga tu Madre… Chingas a tu pinche Madre… Chingas a  toda tu pinche puta Madre…”. Los síntomas de la yerba pienso, me hicieron recordar cosas ajenas; maldecirlas y que todos me pusieran sus ojos encima de mí y comenzaran a reír espantosamente. En ese momento creía que las mujeres vampiro podrían llegar por la ventana. Desconocía que horas de la madrugada eran, pero ojalá y no haya sido tan tarde como para perderme un amanecer. Mikey deseaba verlas, saber cómo eran. Tantos recuerdos me derrumbaron en el suelo. Perdí el conocimiento y me sumergí en un sueño que esperaba, no me pintara imágenes que volvieran a provocar la risas de todos los demás. 

  Amaneció. Abrí mis ojos y Mikey miraba por la ventana. No le pregunté nada y él volteó para decirme que había visto unas mujeres vampiro. Hice como que le creía. Y otra vez Henry salía de su cuarto para preguntar por su hacha a Erick y a Beto. Y Mélanie y Maddali, desaparecieron, ellas quizás podrían haber sido las mujeres vampiro.