#739

Ciertos rumores son verídicos: «¡UN MATAEDRO DE ANIMALES!». Incluye hombres, mujeres, mascotas y quimeras; con o sin la ID Card. Da igual.
Hieden espantosamente. Todas esas historias son tan parecidas, tan insuperables. Los recuerdos que aparecen escritos en esas cartulinas fluorescentes, afuera de esa vieja casa que recién han pintado, hace sobresalir el precio de los kilos de carne.
El #739, ubicado en la calle de Diego de Montemayor, hoy en día, alimenta a quienes perdieron el sentido del olfato, quedaron mudos… y por supuesto, a esas viudas vírgenes; bautizadas así por la guerra del narco. Todos ellos son habitantes del Barrio Antiguo.
León, un obeso carnicero; es el nuevo inquilino de lo que alguna vez fue un hipotético garage. Ha radiado fama por sudar y jadear mientras corta trozos de carne. Olerlo y escucharlo silbar es repugnante.
En la puerta que se mantiene firme, está vieja y es de fina caoba; coloca las cartulinas. El clima de la ciudad –en ciertas fechas del año– provoca que dé más asco de lo acostumbrado, el calor y la humedad lo convierten en una especie de sauna humana. Y más que concentrado –como una víctima en éxtasis convirtiéndose en los mejores cortes de carne con sus propios cuchillos– pasa un trapo sucio y ensangrentado por su frente. Retira enormes gotas de sudor que se rompen al mezclarse con el aire de sus peculiares silbidos de relajación. Llega un jadeo de cansancio, sigue otro de molestia, porque sus botas de hule le estrangulan las venas de sus pies; y el tercero y final, surge de lugares recónditos que ni siquiera logra arrugar su cara como en los otros dos anteriores. La magia que provoca: no poder quitarle la mirada de encima, son lo que lo distinguen de los otros carniceros de la zona. Eso le trae clientes; y los provocativos cumplidos que dice, se posan en las bragas de las viudas vírgenes, tocan la puerta de sus corazones olvidados, después de haber sobrevivido demasiado al lado de sus respetables machos de cinto piteado.
Nadie más hace eso en estos tiempos de miseria y cadáveres abatidos en el Barrio Antiguo. Todos lo agradecen, pero nadie se embelese tanto como las viudas vírgenes al otro lado del mostrador, mordiéndose los labios. Las conversaciones son hirvientes, dejan ver la espalda robusta y peluda que da hasta el cuello percudido de mugre del afamado carnicero. Y a pesar de esa imagen tan sensual, nunca ha logrado explicarse: ¿por qué?, ¿cuándo?, ¿cómo? Las viudas vírgenes desaparecen sin decir adiós.
León, de lunes a sábado –en sus días como carnicero–, siempre termina hablando sólo, al momento exacto en donde gira ciento ochenta grados y ya no encuentra a nadie que reciba su feria. No sabe como hacen eso las viudas vírgenes que gemían después de recibir sus cortes de carne; o los vecinos que perdieron el olfato y por ello, desconocen que detrás de las jugosas carnes huele mal; o los que quedaron mudos y suplican poder decirle alguna vez lo suave que es su carne.
Minutos después regresan a pedir perdón, a confesar que no saben qué les pasó.
Los mudos parecen ser los únicos que saben qué ocurre. Si sus ojos hablaran, si pudieran decir lo que sucede en esos ciento ochenta grados; León, sabría reaccionar y sus clientes recibirían sus billetes y monedas. Pero no queda tiempo, hay que continuar salando la carne con sudor.
Madame Rossani es la viuda virgen que más acostumbra ir con León, podría decirse que es su mejor clienta. La conoce de tiempo atrás, ya que es famosa y aparece en la televisión local, hablando de profecías mayas, mal de amores, o dando los horóscopos rodeada de luchadores que detrás de sus máscaras son sicarios y modelos que dejaron de bailar en Villagran y Av. Madero. No hay día que no madrugue, siempre ha sido la primera en llegar. Y con mucha paciencia, aguarda, cuenta los minutos, mantiene su mirada disparando intriga y ensamblando sonidos que sólo ella ve y siente como provienen de la vieja puerta de fina caoba. Sabe que no son los matutinos destazadores, que mientras la saludan, acarrean bovinos angelicales, a los que ellos mismos les ponen alas de cartón, dando a entender que no son vacas locas y que cuando las destacen, se irán mugiendo felizmente al cielo. De esa forma y en ese escenario, trata de entender lo que escucha. Elige adorables cabezas de ganado. Se las lleva en sus costales para hacer ritos que saquen a flor de piel quién o qué es lo que ocurre ahí. En uno de esos ritos alguien del más allá le habla de los fantasmas alegóricos. Se lo comunica a León, quien piensa que su clienta favorita ahora sí se está volviendo loca. Ella –antes de su fama– sólo era una santera del Mercado Juárez que decía poder comunicarse con los muertos. Y dicha fama –o su visión más tangible y sonada en la denigrante televisión local que tienen los regiomontanos–, llegó al decir que, el gato negro que trae amarrado con un mecate, es Paco Stanley, y que si lo suelta va y mata a Mario Bezares, rasguña a sus hijos y viola por última vez y en vivo y directo a Brenda Bezares, en su programa matutino.
Finalmente, en un medio día, la locura total le llega a Madame Rossani. Se posan los fuertes rayos de sol en la ciudad y ella ulula, rebuzna, cacarea, aúlla y deja salir otros sonidos que nadie puede clasificar.
El medio día es la hora preferida de todas las viudas vírgenes para ir a ver y escuchar a León. Sin embargo, se espantan, pierden el glamur y el olor de sus perfumes traídos de Mcallen, Texas. De esa manera –sin oler rico–, no pueden hacer sus compras y tendrán que cocinar huevito con machaca.
Madame Rossani despotrica en contra de todo. Parece un inmenso bestiario recorriendo la vieja casa. Afirma que su cuerpo atrapa a todos esos fantasmas alegóricos. Grita cosas como: “estaría chido que no hubiera ley”. “Dios vs. Cristo”, “rock de la basura” y “la niña huele a caca”. Y mientras repetía eso, al parecer volteó y vio a alguien a quien terminó por mandar a la chingada. Era ese profesional en la materia de la novedad y la vanguardia; su nombre, Gala Feroz. Él era un conductor de espectáculos –de la otra televisora local–, quien se encargó de cubrir muchísimos eventos que se llevaban a cabo ahí. Gala Feroz no conocía nada del mundo del rock, mucho menos del underground. Lo más roquero que conocía era a Gloria Trevi, y eso porque fue amigo de ella en la infancia. Entonces, cuando entró por primera vez al #739 y fue encapsulando todo lo trascendente. Sus reportajes sonaron demasiado, sus proyectos independientes comenzaron a intentar popularizarse en lo desconocido. Era tan fastidioso, que sí logró presentarse en el #739. Tocó junto a Ratas del Vaticano, 90’s, Los Romantic Junkies, Lactobacillus Casei Shirota Para El Fat Baby y Los Margaritos. Esa misma noche –aparte de músico–, también fue poeta, escultor, cineasta, chef vegano, catador de vinos, embalsamador, skate, emo, anarquista, grunge, black metal, tigre, rayado, graffitero, sampetrino y dj.
Madame Rossani dijo que los fantasmas alegóricos repudiaban a Gala Feroz. Que todo el tiempo pedían que saliera por las buenas. Nadie soportaba su estupidez.
Gala Feroz lo comprobó estando vivo, y en su segunda oportunidad, muerto, todos seguían pensando lo mismo. Que era un puñetas, que ojalá lo derritiera el sol, se lo tragará un oso en Chipinque, o que lo crucificaran en el mirador del Obispado.
En estos instantes, Madame Rossani parecía estar muerta. Su locura la llevo al llanto. «Aquí, algo increíble y sumamente divertido sucedía todos los fines de semana. Fiesta, música, convivencia. La Noches transcurrían por esa vieja puerta de fina caoba», dijo, abrazando a su gato.
El ambiente y los fantasmas alegóricos que rodean a León, tal vez no le causan nada. Se siente poderoso con esa gran variedad de cuchillos con los que juega a ser ninja, minutos después de cerrar la carnicería; y con su bata floreada de sangre, nada podría ocurrir. Porque aunque no lo crean, sabe que da asco.
Madame Rossani, completamente agotada. Le relata capítulos protagonizados por los fantasmas alegóricos. Hace pausas porque escucha como están por todos lados. Asegura que están sacando a patadas a Gala Feroz; que recorren toda la vieja casa durante todo el año.
La carnicería –después de escuchar demasiadas historias– termina recibiendo el nombre de “Paranormal”. Cortan un listón, y una caravana de cazafantasmas encienden sus motocicletas y brindan campantemente.
León, ya no sólo es un obeso carnicero. Ahora es amigo de Carlos Trejo y forma parte de un escuadrón de rebeldes motociclistas. Usa el ridículo nickname de Mad Max.
«Bienvenidos, ilusos malgastadores de dinero. Gracias por su bondad, por llenar mis bolsillos con éste mito que llegó a sus vidas», dice Mad Max, tomando tan enserio ese papel de guía, que viste de cuero, con peluca rubia y tiene pistolas de juguete con una infusión de sangre y sudor. Explica a su manera cada rincón del #739. Mantiene atentos a quienes lo visitan de la ciudad, de diferentes estados e incluso del extranjero.
Y en la parte en donde dice que los archivos secretos de lo ocurrido están enterrados –justo debajo de lo que era el escenario principal–, aclara que esas artificiales notas que salieron al aire en los noticieros, no eran nada a lo que él vivió en carne propia. Lo único que mencionaron es que el bar ubicado en la calle de Diego de Montemayor, el recinto con el #739, se sumaba a la lista de establecimientos clausurados en la ciudad. Las redes sociales decían otras cosas pero nadie hizo hincapié en ello y las desapariciones y los problemas del crimen organizado continuaron y también permanecían en el aire. Fue entonces que Mad Max tituló a su historia como: “Fantasmas contra Sicarios”.
«Está antigua casa fue saboteada la noche de esa fecha que no recuerdo, pero por lo ocurrido, no puedo sacar de mi mente lo que me sucedió a mí a otras personas. Un grupo de encapuchados entró por la puerta que siempre ha sido de fina caoba. Otro grupo cayó en paracaídas en el patio principal. Todos cortaban cartucho y nos amenazaban. Traían armas largas, lanzallamas y sus cuerpos estaban dinamitados. No teníamos salida. Parecía que nos habían espiado muy bien. Quienes estaban a la entrada y en el patio principal no tuvieron hacia donde correr y gritar. Los únicos que actuaron de esa forma, la cual fue la incorrecta, fueron quienes estaban en los sanitarios. Tres chicos y dos chicas dejaban ver todo su pavor hasta que sus gritos se calcinaron. Para muchos de los que estábamos adentro ya era algo normal, ya no nos temblaban las piernas de miedo, era muy probable que ya nos hubiera ocurrido antes. Los encapuchados gritaban los nombres de las personas que venían buscando. Eran dos extraños sujetos, dos bigotudos que, al principio parecían ser los muchachos más guapos e indie rockers de la velada. Sus botas eran únicas, sus pantalones eran los más entubados y sus camisas eran las más llamativas; no desentonaba, hasta que uno de los encapuchados les gritó que Jesús Malverde escuchaba música de hombres; a Los Tigres del Norte, Ramón Ayala y a Los Cadetes de Linares; no esa pinche música para jotos e hijas de papi. Como sea, mientras seleccionaban chicas para llevárselas a sus patrones. Dejaron que Mika Miko, el grupo que esa noche venía desde Los Angeles, California; terminara su presentación, únicamente se llevaron a la vocalista güera, y dicen que en estas fechas concursará en un certamen de belleza, ya la nacionalizaron. A todos nos golpearon, nos despojaron de nuestras pertenencias. La humillación y el miedo se dejo ver en los disparos que permanecen en la puerta de fina caoba –al final del recorrido, pueden buscar ciertas detonaciones, la fotografía cuesta $200 pesos–. Los disparos quedaron ahí, ya que saqué mis cuchillos y comencé a enfrentarlos. De igual forma me encapuche; no obstante, yo era un ninja y ellos unos sicarios. Esquivé esas balas y decapité a quien estuvo a punto de matarme. En total corte en pedazos a setentaicinco de los ciento nueve encapuchados que entraron por dos narcotraficantes que eran fans de Mika Miko en secreto. Al día siguiente fue que en los noticieros mencionaron que el #739 se sumaba a los establecimientos clausurados. La música dejó de combinar con la noche y con todos los que venían a ella a divertirse. Todos recuerdan que el volumen siempre era alto, Todos recuerdan que había que seguir bailando. Los disparos y el fuego fueron la invitación a que todos pensaran que la mejor opción era huir de la ciudad».
Mad Max, cuando exagera –o su actuación es perfecta–, llora y hace que los fantasmas alegóricos también derramen lagrimas. Porque recuerdan que pueden hacer una cosa que los humanos dejaron a un lado: divertirse. Los humanos en la ciudad quieren estar muertos, porque nada es interesante. Y los muertos quieren seguir estando muertos, para poder seguir divirtiéndose.
¿Ironía? Visiten “Paranormal”.
Se apagan las luces. Parece volver a lo que era antes –aunque ahora sea la mejor carnicería de la zona–.
Los fantasmas alegóricos encienden sus cuerpos invisibles.
Gala Feroz ve lentamente como una bala que tiene en el cerebro, comienza a querer salir de su cabeza. Le rompe el cráneo, lo hace gritar. La bala regresa al cuerpo de ese revolver. Podría decirse que, Gala Feroz está “vivo”, pero ya sabemos que nadie lo quiere aquí adentro, porque es sábado por la noche y “Paranormal” lleva a cabo sus actividades. Termina siendo linchado, es arrojado desde la azotea a las calientes calles del Barrio Antiguo. Le incrustan nuevamente esa bala en su cabeza mientras todos “mueren” –o “viven”– de risa, como cuando Gala Feroz quería hacer de todo en el #739. Y ha dejado un recuerdo en “Paranormal”, un sticker pegado en el retrete del baño de hombres, el cual, todos orinan, todos gozan orinarle la cara a Gala Feroz.
Digan algunos nombres de bandas de rock: nacionales o internacionales, no importa. Muchas son fantasmas alegóricos; y nombremos otra vez “indie” a ese cliché de bigotes, camisas, vestidos, mallas, sombreros y botas que ahora todos sabemos cuál es su clasificación sin ser melómanos del bebop . Esas bandas de rock que murieron, tal vez se cuelguen sus instrumentos otra vez y dediquen canciones a sus amigos.
Sigamos el recorrido, sigamos con las situaciones desconocidas y con los flashbacks. Las voces se convierten en gritos enardecidos, por la diversión y la alegría del fin de semana. Al principio, los recuerdos no tienen escenario, ni precios a la entrada y nadie sabe qué bandas son las que tocaran, todo es ajeno. Hasta que alguien comienza a intentar descifrar quién tiene las mejores botas de la noche. Aceptemos que, toda anécdota que fuimos forjando con nuestros amigos, nos causó resaca y terminamos riéndonos por no haber presenciado ese otro suceso que decían, también ocurrió ahí. Algo inmortal vamos a recordar por siempre, algo se mantendrá en ese mundo de los fantasmas alegóricos.
Alguien vio a Jade –la dark más hermosa de la ciudad–, teniendo sexo con Blixa Bargeld en el baño de mujeres, después de su presentación.
Blixa Bargeld se asomó al sanitario de junto y vio a Willy –el mejor amigo shemale e industrial de Jade–, succionando un pene en la oscuridad.
Willy llevaba a Figüi –su french pool inseparable–, ladraba pero no sé supo si a Blixa Bargeld, a Jade o al sujeto que estaba con su dueño.
El dueño de ese pene era Justin Pearson, quién no alcanzo a ponerse su máscara de The Locust y el flash de la fotografía lo segó y afirmaba su supuesta homosexualidad.
El seudo artista visual –un fotógrafo y compañero de trabajo de Gala Feroz–, capturaba ese momento que le iba a dejar más ego que dinero.
Su hermana había llegado al #739 junto con él; era una de las divas del lugar y la más adicta a las minifaldas. Los dos querían orinar. El seudo artista visual entró por error al baño de mujeres y la adicta a las minifaldas al baño de hombres. Ahí se encontró con un aturdido mod que cagaba en el mingitorio por pura diversión y dejando en claro, que antes de ser estético y bello, fue un skinhead trabajador que ahorró dinero para tener una motocicleta Vespa.
El mod tenía una banda de northern soul increíblemente conocida; y mientras compraba cerveza, todas las mujeres lo volteaban a ver. En eso se le acercaba un viejo amigo que seguía fiel al Oi!, lo sorprendía con un beso en la boca, gritando que era puto.
El amigo skinhead, volteaba con las groupies y les repetía que era puto. Ellas iban y cacheteaban a su lover. Diciéndole que ya no volverían a tener más sexo en su Vespa.
Una de esas groupies que no se percató de lo ocurrido, bailaba “Tops” de The Rolling Stones en el patio.
El Puny –quien era el encargado de pinchar discos–, complacía a esa groupie que bailaba demasiado sensual con El Rey del Caos, quien quería solucionar todo encendiendo un cigarrillo.
El Rey del Caos saludaba a todos. Mandaba besos y esperaba que su baterista dejara de vomitar para convertirse en 90’s.
El grupo más dinámico del Poniente de Monterrey –90’s–, comenzaba a hacer ruidos para que su set de cinco canciones durará aproximadamente diez minutos. Los Romantic Junkies alcanzarían a afinarse en ese tiempo.
Los Romantic Junkies se conectaron, pero de tan drogados que estaban, cedieron su lugar a Los Golden Boys –que era una banda secreta del DF que esa noche visitaba el #739–.
Los Golden Boys tocaron siete canciones dignas de cualquier show en Encatepunk; en donde una vez compartieron aventura con Ratas del Vaticano y Los Margaritos.
Esas dos bandas se fusionaron e interpretaron sus canciones como una orquesta de ska tradicional, impresionante.
Lactobacillus Casei Shirota Para El Fat Baby dejaba en claro que los ensayos son una vil mentira y que From the Guts of Santa Catarina es cuna de los punks de alcantarilla más podridos.
Gala Feroz subió al escenario, a cerrar el show –quizás en ese mismo instante ya planeaba hacer una banda como todas esas que tocaron esa noche–. Su presentación la vieron todos; no porque fuera sorprendente, sino para saber que ridiculez iba a hacer en ese instante.
Terminaba el show pero la fiesta continuaba. Corría el rumor que Mika Miko iría a la ciudad; y lo de los encapuchados, aún era un mito que llegó esa misma noche, cuando el rumor de Mika Miko fue cierto.
Cuando los fantasmas alegóricos sean disueltos y puedan salir sin malos recuerdos de la vieja casa. Madame Rossani dejará de comer carne y de transmitir miedo y locura; hará lo posible por terminar con esas historias, hasta echarlas en sus costales y prenderles fuego. Sólo quedaran las anécdotas y los espejismos que alguna vez fueron verdad, de cuando la noche era de uno y la diversión transcurría a un costado de los amigos. Sin pasamontañas y sin los verdaderos fantasmas alegóricos que mueren y reviven invadiendo ciudades por droga y declarando que el rock está muerto, en el #739.